Tatuajes

Los mensajes que se dejan sobre los troncos de los árboles son un mensaje íntimo que trata de envejecer con el tiempo

26.01.2016 | 00:52
Un árbol del paseo de la Mota tatutado con un corazón.

Vaya por delante que estoy en contra de cualquier clase de vandalismo y que los grafitis, además de ser un acto vandálico, son antiestéticos y afean el perfil de la ciudad. Pero he de reconocer que los tatuajes que se dejan sobre los troncos de los árboles, cuando no son difamatorios, aportan un significado, un mensaje íntimo, que trata de envejecer con el tiempo buscando el acceso a la eternidad.

Son declaraciones de amor que se hacen públicas, que necesitan ser amplificadas, unas veces para impresionar a la persona a la que va dirigida y otras, porque falta espacio en el corazón para contener la emoción del o de la enamorada.

Razón tiene Marañón cuando define el enamoramiento como un estado de imbecilidad transitoria, porque es el momento en que se comente todas las locuras. Y estoy con Sófocles cuando dice que: "en no reflexionar nada radica la vida más placentera".

¿Quién ha rechazado participar de esas locuras alguna vez? Porque la locura prolonga la juventud frente al avance de la edad que nos pide prudencia.

¿Quién de nosotros no ha tomado una flor, una hoja del árbol para prensarlas entras las páginas de un libro que nos haga recordar un lugar, un momento, una cita o un desamor? ¿Quién no se ha sentido tentando de dejar sobre un muro la frase romántica, la rima de Bécquer o el nombre de aquella o aquel que nos quita el sueño?

Una cosa sí me llama la atención y es que en la mayoría de los casos somos nosotros, los hombres, los que a punta de navaja grabamos la figura, el mensaje dirigido a las anónimas receptoras. ¿Motivo? Puede que ellas no lleven encima el arma o puede sean más sensibles y conscientes de que mondar la corteza es hacer que los árboles lloren.

Esto me lleva hasta el Sena y al Puente de las Artes que con idéntica intención es utilizado por las parejas. Pero allí los enamorados escriben sobre un candado sus nombres lo cierran entre las rejas de la barandilla arrojando luego la llave a las aguas del río. Es el mismo acto simbólico, la misma promesa, el mismo deseo de un amor que se perpetúe en el tiempo. Otro tanto ocurre en el puente Milvio de Roma. Aquí quiero aportar un dato curioso: fue tanto el peso de estos candados que las farolas cedieron teniendo que ser sustituidas por postes de acero.

¿Es que tanto pesa el amor?

Pero no solo es París o Roma, también en China, posiblemente lugar donde nació la tradición, se han empleado los candados en las vallas de los montes Huang.

Hay quienes quieren remontar esta costumbre hasta Romeo y Julieta y hay quien, menos romántico, cree que fue producto de un cerrajero próximo al Ponte de Vecchio que en un afán de hacer publicidad de su negocio le dio por enganchar en la baranda un candado de los que vendía, detalle que no pasó desapercibido a las parejas que por allí paseaban imitando la acción del cerrajero.

Leer los dibujos o los mensajes tatuados en la piel de los árboles es algo que me fascina. Me imagino al joven ya hecho anciano que vuelve una y otra vez a mirar lo que talló hace muchos años y que como él, va envejeciendo. Que repasa con sus dedos, que ahora tiemblan, los bordes del corazón que ayer talló con mano segura. Que siente la nostalgia de aquel momento y la tristeza o la alegría de saber que quien caminó o camina a su lado es la misma cuyo nombre perpetuó sobre la corteza.

No solo como arte se han empleado los tatuajes, sino también como marcas en la piel, actos simbólicos o rituales e incluso, hay quien cree que ya se empleaba en el antiguo Egipto con fines terapéuticos semejantes a la acupuntura actual. El "Hombre de hielo", el cadáver momificado más antiguo encontrado en el glaciar de los Alpes de Ötztal, conserva 57 tatuajes en su espalda.

Con el ingenio que habitualmente emplea O. Wilde dice que la única manera de librarse de la tentación es ceder a ella.

Lo mismo que el grafitero siente esa necesidad imperiosa de llenar un muro impecable con el calculado o bochornoso color que sale de su spray. El enamorado cede a la tentación de escribir su nombre. Pero, diferencia de aquel, este parece querer seguir la línea del cancionero de Petrarca: tener una secuencia narrativa que conduzca al lector a través de la historia del sentimiento amoroso.

Siempre preferiré estos árboles tatuados a los otros pintados del bosque de Oma, una obra de mi colega Agustín Ibarrola. Para mí aquellos no dicen nada, simplemente son árboles coloreados sin mensaje.

Puede que lloren cuando se les somete a la tortura con la punta de la navaja, también duelen las agujas que se inyectan en la piel mientras nos tatuamos. Intentamos acercarnos a lo eterno y sentimos el dolor de no poder perpetuarnos.

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