M. A. CASQUERO
Las campanas de la torre de la iglesia de Santa Cristina de la Polvorosa recibirán en el próximo verano a los mejores campaneros de la provincia. Aunque la fecha está aún por determinar, el acontecimiento reunirá a aficionados de Santovenia del Esla, Barcial del Barco, Revellinos de Campos, Villalba de la Lampreana, Pajares de la Lampreana, Bretó de la Ribera, Fontanillas de Castro, Morales de Rey y otros más de la comarca de los valles benaventanos. Uno de los «maestros» campaneros de Santa Cristina, José Antonio Guerra, se resiste a que el «oficio» desaparezca ya que rechaza los instrumentos electrónicos instalados en muchas de las iglesias. No en vano, desde monaguillo, Guerra «siente» las campanas de la torre como algo propio.
Las dos campanas grandes y dos pequeñas de la robusta torre de Santa Cristina tienen, según José Antonio Guerra, características peculiares «debido a su altura, lo que hace que el eco sea muy expandido, precisamente porque el campanario está muy abierto y muy alto», advierte. Fundidas en el año 1.947 por «Cabrillo», la famosa casa salmantina, una de ellas ya produce un sonido reverberado debido a la rotura de una parte de su boca. «Las campanas, dependiendo del toque, lo mismo te hacen reír que te hacen llorar» asegura este avezado campanero, quien respira aire puro antes de sujetar con sus manos la cuerda que une los badajos de las dos campanas grandes. Todo un ritual desde las alturas. Y es que «la vista desde la torre es una pasada, es una gozada», confiesa. José Antonio Guerra se apresta en esta ocasión a realizar un toque de gloria, el más usual, es el denominado como «la molinera», es bailable, es una jota.
Antiguamente, los corrales de las casas se convertían en improvisados escenarios de baile al oír el alegre repique. En cambio, otro de los toques también usuales, el de difuntos «llega a encoger el alma», dice este maestro del tañido. En este último caso, «las esposas juntas», tocar al unísono los dos badajos, «dan sensación de tristeza», afirma Guerra. Toques solemnes, de difuntos, de sermón, de rebato, todo un abanico de mensajes. Las campanas como instrumentos sonoros de percusión, tienen una voz entendida por todos los vecinos, Santa Cristina no es menos. Y es que esta población siempre vivió a expensas del río. No en vano había un toque característico cuando las aguas del río Orbigo «se salían».
Toques característicos, curiosos, no sólo para los actos litúrgicos, sino también para dar a conocer al vecindario lo que estaba ocurriendo. Cuando se producía un fuego, cuando venía una tormenta, el llamado toque del «tentenube», también se tocaban las campanas durante toda la noche de ánimas, el 1 de noviembre, a base de un pausado toque, parecido al de difuntos. El fallecimiento en el pueblo de un hombre o de una mujer se avisaba a los vecinos con un toque característico comunicando también la hora del entierro. Si era varón se tocaban tres esposas y si era una mujer, entonces se daban dos esposas y después los toques pausados. «Se empieza con las esposas y se acaba con las esposas, y después de esto se toca una campana sola, si el entierro es a las cinco de la tarde se tocan cinco toques y si es a las seis de la tarde, seis toques», explica Guerra.