M. A. CASQUERO
«Paciencia, mucha paciencia lleva este trabajo», confiesa el vecino de Arcos de la Polvorosa, Vicente López Fernández, al mostrar una pequeña colección de sus obras realizadas a base de modelar la madera. Su mujer, Rufina Cuesta, asevera lo dicho por su marido, no sin antes advertir de las constantes regañinas que ha tenido que dirigir a Vicente «porque se hace la hora de comer y se olvida del reloj». Y es que precisamente ahora en la época de la jubilación cuando este jubilado de 83 años de edad percibe la minuciosidad del detalle en sus piezas. «Yo, antes quería que las cosas salieran rápido porque no tenía paciencia, pero ahora he cogido de una manera la afición que no vea usted», apunta el artesano de la madera de Arcos.
Lejos quedan los tiempos en que Vicente, siendo joven, comenzó sus inicios en la faceta artística. Simultanear los trabajos agrícolas con los primeros modelajes de la madera haciendo los tapiales para construir muros de tierra, consistieron sus «pinitos», marcándole la vena del arte. Con 18 años comenzó a construir el ensamblaje de tableros de 2,50 metros de longitud, una anchura solicitada por los particulares en función del grosor del muro a construir señalado por la aguja y todo ello junto a las puertas, el macho, la hembra, la caperuza, y, sobre todo, el mazo para pisar la tierra. Una fiel reproducción en miniatura de este artilugio es una de las joyas preciadas por Vicente ya que evoca estos primeros trabajos con la madera. «Sólo había hecho algún reclinatorio, pero a partir de ahí empecé a conocer a manejar la navaja, la lima y la sierra de hierro, porque ésta tiene el corte más fino», apunta.
Vivir siempre de la labranza ha propiciado a Vicente López un verdadero conocimiento de los utensilios y aperos utilizados en las tareas del campo. Si durante su trayectoria laboral en las faenas agrícolas, Vicente empeñaba su esfuerzo en reparar los aperos, ahora lo dedica a reproducirlos. Sigue simultaneando el campo, aunque en este caso ya sólo en los cultivos de la huerta, con el trabajo sobre la madera.
Sobre el banco de trabajo de su casa en la calle Rebufalapluma, las manos de Vicente han reproducido durante días y días todo el conjunto de utensilios. Desde el ballarte o baluarte, una especie de cajón, abierto por un lateral que sirve para bascular el abono transportado desde las cuadras hasta el corral, así como el trillo, medidas de cuartillo, emina, tornaderas, palas, viendas, arados, yugos de arar, alicar y de rayar e, incluso, un estadal (una especie de compás para medir la superficie de las fincas), fueron las primeras reproducciones hechas por Vicente. Pero sus habilidosas manos requerían reproducir obras mayores que este artesano considera más complejas.
A partir de entonces comenzó a construir carros. «El primero que hice fue uno de las vacas», resalta. A éste le siguieron una docena más, tanto de bueyes como de caballerías, de varas, de acarrear e, incluso, un carromato de tenderos en el que la precisión se acentúa con el más mínimo detalle. También, una noria refleja la reproducción fiel de una de las primeras máquinas para sacar agua. «Un carro, en general, tiene en torno a 130 piezas» advierte el artesano de Arcos resaltando la minuciosidad de las piezas y el tiempo, sin precisar, para completar cada obra.
Si Rufina, su mujer, se encuentra orgullosa del trabajo realizado por Vicente, no es menor este sentimiento para sus tres hijos y siete nietos. Precisamente Pili, una de sus hijas, se encarga de dar los últimos detalles a las piezas imprimiendo un toque de cromatismo. Los carruajes lucen llenos de colorido en todos sus elementos. Las fieles reproducciones se manifiestan incluso tanto en las costanas como en las varas, incluso en la guarnicionería de los hebillajes que resaltan la presteza de los bueyes y caballerías hechos con barro cocido.
Un legado para que sus hijos y sus nietos «valoren el esfuerzo de la gente del campo»
El conjunto de las obras artísticas realizadas por Vicente López forman parte del legado cultural que este artesano de Arcos dejará en manos de sus tres hijos y sus siete nietos.
Cada uno de sus hijos dispone ya de un panel con múltiples reproducciones de utensilios y aperos de la labranza. En cada una de las casas familiares se encuentran también reproducciones de una noria y como no podía ser de otro modo, de un ejemplar de un carro.
«Todo es para los hijos y nietos, confío que lo conserven con sumo cuidado y que los nietos sepan valorar el esfuerzo de la gente del campo, a través de estos instrumentos de trabajo», confiesa Vicente con vehemencia.
Para este artesano jubilado que valora el trabajo realizado con las manos, su pasión anda a caballo entre el cultivo de la huerta y la fuerte sujeción de la navaja. Su mujer, Rufina, es quien vela porque Vicente no se olvide de la hora de comer. Para eso, en ocasiones, se apresta a regañarle con el fin de dejar el trabajo, «pero es que hay que terminar de hacerlo», le dice una y otra vez el artesano.