31 de julio de 2017
31.07.2017

LA OPINIÓN-EL CORREO, el binomio perfecto con la Semana Santa

Desde su Fundación, el diario participó activamente en la difusión de la celebración y contribuyó a realzarla ahondando en el arraigo del sentimiento zamorano

01.08.2017 | 01:50
Primera salida a la calle de Jesús Yacente.

Los dos patrones sobre los que se ha ido confeccionando una fiesta que, más que ninguna otra, han universalizado el nombre de Zamora, la Semana Santa, forman parte también de la historia de EL CORREO DE ZAMORA. El primero de esos momentos coincide con el asomo de la ciudad a la modernidad del siglo XX, y para el segundo habrá que esperar a los años 40 y 50.

En el siglo XIX se habían dado ya los primeros pasos que acomodarían una nueva estética tanto de grupos procesionales como indumentaria, pero es al llegar la nueva centuria cuando se acuña por primera vez la necesidad de singularizar la celebración. La nueva clase burguesa, nacida de un comercio emergente decide comenzar la promoción de una celebración. Las autoridades ya están pensando en la rentabilidad económica que puede suponer una fiesta, entonces reducida básicamente al Domingo de Ramos, Jueves y Viernes Santos, además del Domingo de Resurrección y que ya por entonces atraía a miles de viajeros procedentes, en buena parte, de los pueblos de alrededor.

El alcalde Ursicino Álvarez, fundador de EL CORREO promueve, en el mismo año de la salida del diario, la primera Junta de Fomento de 1897, una iniciativa apoyada expresamente por el periódico, que reclamaba «obras de verdadera utilidad e importancia, como son la reforma y nueva construcción de pasos que han de llamar la atención y atraer mayor número de forasteros a la población más que todos los cohetes que puedan dispararse en cualquier fiesta de año. EL CORREO DE ZAMORA fue, sin duda, uno de los elementos indispensables en la nueva estrategia de promoción. La primera Semana Santa de su primer año de vida, cuando publicaba cuatro páginas diarias hizo un esfuerzo con la edición de un número extraordinario el 14 de abril de 16 páginas con las firmas de Ursicino Álvarez, Cesáreo Fernández Duro y Miguel Ramos Carrión, entre otros. Esa tradición sigue siendo una de las señas de identidad de LA OPINIÓN-EL CORREO DE ZAMORA.

Al término del siglo XIX el periódico lamentaba el escaso eco generado por la celebración frente a, naturalmente, Sevilla, pero también Toledo o Murcia. «Aún no hemos logrado salir de la oscuridad y el aislamiento en que siempre hemos vivido», era el reproche que aparecía en las páginas del diario en aquellos días en los que se aspiraba a figurar entre los grandes fenómenos sociales, culturales y religiosos que identificaban a otras urbes más conocidas.

La llegada del ferrocarril allanaría el camino, mientras la Junta de Fomento se esforzaba en ampliar el patrimonio de las cofradías. La mayoría de los nuevos pasos se realizan por suscripción popular, una fórmula que no dio siempre los resultados apetecidos. Zamora siempre tuvo que luchar contra la escasez de medios, de ahí nace la austeridad, más fruto de la pobreza material que del ascetismo espiritual. Así, Eduardo Barrón, se quedó sin su aportación a la Pasión zamorana como autor de «La Desnudez», que, a la postre, ejecutó el bilbaíno José María Garrós por menos dinero. La estética claramente romántica, imperante en la época, imperaría ya en el futuro de la Pasión zamorana.

Y otra constante quedará implantada en las miles de páginas que sobre la Pasión zamorana se escribirán en EL CORREO DE ZAMORA: entrelazadas con las crónicas apasionadas y con estudios de mayor corte intelectual, siempre habrá una nota de nostalgia que se repite a lo largo de más de un siglo. La celebración formará parte del ideario reflejado en las páginas del periódico, que apelaba a las raíces más profundas del zamoranismo. Así se consolidaba la Semana Santa como auténtica columna vertebral de la sociedad zamorana, un hecho aún no superado por ningún otro tipo de organización profesional, sindical, política o religiosa.

Todo acontecimiento tiene siempre su referente dentro de la celebración, la fiesta mayor de Zamora. El nuevo siglo y el auge de una pujante burguesía urbana se traduce en clara una división de clases que representan dos conceptos diferentes de la Pasión zamorana. Los nuevos dirigentes no entienden que para los hermanos de paso las procesiones representan un relajo en medio del duro trabajo del día a día. Así, surgen los conflictos con expulsiones completas de plantillas.

A finales de la primera década del siglo XX se produciría, sin embargo, una crisis de participación y de financiación y también ahí mantuvo su compromiso el periódico identificado ya plenamente como «Diario Católico», promoviendo una campaña de adhesión y una suscripción popular para garantizar la celebración. Ya a finales de la primera década del siglo XX, en la siguiente, bajo la presidencia de Ramiro Horna en la Junta de Fomento, se da un nuevo impulso coincidiendo con los años de la dictadura de Primo de Rivera, en la que florecen los movimientos asociativos que abarcan sindicatos como UGT y el Partido Socialista. Como vicepresidente, el sacerdote Manuel Boizas, cuyo papel fue trascendental en los años posteriores, y una novedad que marcará el ascenso definitivo hasta los años de la Guerra Civil: la creación de la Cofradía del Silencio que recupera la imagen del Cristo de las Injurias con una procesión que calará hondo entre los zamoranos desde sus inicios en 1925.

La conflictividad social de los años 30 propiciaría momentos de crisis en la Semana Santa, en una prueba más de que los sucesos de la calle van de la mano con la vida interna de las cofradías y sus manifestaciones públicas. Esa diferencia de clases, apuntada ya en la década anterior, entre cargadores y hermanos de fila, se traduce en un enfrentamiento social evidente: los hermanos de paso aparecen vinculados a la Casa del Pueblo o de la Federación de Sociedades Obreras, mientras la burguesía local puebla las filas de hermanos.

La crispación era evidente en la calle y de los incidentes se hacía eco EL CORREO DE ZAMORA. El Viernes Santo de 1932, a la vuelta de la procesión de La Mañana, la Plaza Mayor es escenario de un tumulto que se salda con una estampida y varios heridos. La causa, sobre la que se ha especulado durante años, no era otra cosa que la recriminación de un espectador a otro empeñado en cantarle saetas a la Virgen de la Soledad cuando hacía su entrada a San Juan.

Un vecino de la capital, Florencio Rueda Aguilar, fue identificado como el autor de «una frase molesta al catador, lo que dio origen a una discusión en la que tomó parte un número considerable de obreros y otras personas». A la pelea verbal le siguió una verdadera estampida en dirección el Mercado de Abastos. Para entonces el incidente había crecido como en peligroso juego del disparate. «Una bomba, una bomba», eran los gritos que acabaron por escucharse en aquella huida que, a pesar de lo aparatoso, solo causó contusiones a unas cuantas personas. Santa Clara quedó sembrada de zapatos y prendas que la multitud había ido dejando caer en la estampida. Esa noche, la procesión de Nuestra Madre no salió de San Vicente. En Toro se da cuenta de la agresión al obrero católico Serafín Hernández. Y en el artículo, en portada, ya se advierte que «El caso de no merecer sanción (los culpables de la agresión), colocará a los católicos en pleno derecho de ejercer su fuerza para reprimir la de los demás cuando la justicia les vuelva la espalda».

Zamora no se sustrajo al clima de violencia prebélica ni tampoco lo hizo la Semana Santa, tocada de lleno por la división entre la izquierda anticlerical y la derecha clerical. El miedo a atentados reduce la presencia de las gentes en las calles. En 1933 las procesiones se suspenden y un año después, en 1934, un artefacto estalla a las puertas de la iglesia de San Esteban poco después de la medianoche del Miércoles Santo. Dentro, se encontraba el Cristo de las Injurias depositado allí por la Cofradía del Silencio junto a los demás pasos del Santo Entierro. A pesar del estrépito y de «la potencia del artefacto», oído en toda la ciudad, los daños materiales fueron mínimos.

El suceso ocurrió durante la media noche, y la crónica, atribuía a este hecho la gamberrada ocurrida a media noche y que precisó de la presencia del gobernador civil, Suárez Inclán, al afán de destruir los pasos del Santo Entierro.

Es la propia convulsión social lo que da origen a lo que hoy son mitos de la Pasión zamorana: la marcha de Thalberg suena por primera vez en el «baile del Cinco de Copas» en 1935. Los meses anteriores habían estado cargados de violencia. La revolución de octubre de 1934 en Asturias tuvo consecuencias en Zamora en forma de detenciones por sublevación y tenencia de armas y al paso de las procesiones se daba cuenta de nuevos incidentes y tumultos el año anterior a la Guerra Civil. En ese clima, el himno nacional con el que se levantaban tradicionalmente los pasos podría ser interpretado como una provocación, así que el jefe de paso, el legendario José Aragón, se inclina por Thalberg.

En el 36, con la guerra a las puertas, la Semana Santa solo fue realidad para los pueblos de la provincia. Fue la segunda vez en que se suspendieron los desfiles de la capital. Aquel enfrentamiento fratricida y sangriento marcaría el inicio de una nueva etapa marcada por el nacionalcatolicismo del régimen franquista bajo el cual surgen nuevos elementos que contribuirían a singularizar la Pasión zamorana. De nuevo, EL CORREO DE ZAMORA ejercería de pregonero máximo haciéndose eco de una celebración que entra, de nuevo, en años de esplendor.

La década de los 40 son los años de la fundación de representaciones que hoy son el paradigma de la celebración, como la Hermandad de Jesús Yacente. Movimientos como Acción Católica, que, a la postre, impuso el protagonismo social frente a Falange, están detrás de iniciativas que confluyen en la fundación del Vía Crucis en 1942 el mismo año en que sale por primera vez la Tercera Caída, entonces denominada de Excombatientes y cargada de símbolos de afección al Régimen que fue perdiendo a partir del fin de la dictadura.

En los años 50, la Hermandad de Penitencia consolida un modelo radicalmente opuesto al que representan las tradicionales como la Vera Cruz, el Santo Entierro o La Congregación, tanto en estética como en la concepción. Pero las procesiones en aquellos años no discurren, sin embargo, bajo esa impronta tenebrista que tanto explota el turismo semanasantero. Al contrario, lo habitual era que se encendieran luces y se instalaran focos en los edificios públicos. En medio de la penuria de la posguerra, se presume de la tradición secular, casi lo único que queda en una ciudad abierta de par en par a la emigración.

En los años 60, más de 100 000 zamoranos emigran a las grandes ciudades o a otros países. La decadencia es evidente en un patrimonio mal conservado y con pocos cofrades. La Semana Santa y EL CORREO formarán un binomio para, a través de la nostalgia, reflejar en sus páginas las opiniones de zamoranos de la diáspora relacionadas con la Pasión zamorana.

La incorporación de la mujer está descartada en medio de un régimen que ha convertido a las españolas en ciudadanas de segunda categoría, relegadas al papel de madres y esposas hacendosas de los cofrades. En 1961, cuando se crea la entonces Sección de Damas de la Virgen de la Esperanza, se hace desde los cánones más conservadores. Aunque por entonces no es reglamentario, se anima al uso de la mantilla española con el fin de «dar realce y belleza no a nosotras, sino a la Santísima Virgen», tal y como se aconsejaba desde las páginas del diario zamorano.

El primer intento serio de una cofradía mixta se produce en 1968 con la creación de la Hermandad de las Siete Palabras. No deja de ser paradójico que en el año de la revolución estudiantil del mayo francés, ese fuera el signo aperturista de Zamora: una cofradía que se pretendió mixta y en la que se aspiraba a admitir únicamente a jóvenes estudiantes. Ninguna de las dos cosas salió adelante, aunque la entrada de la mujer a punto estuvo de ser asumida por el Obispado. Sin embargo, la presión del entorno semanasantero más conservador retrasó veinte años su definitiva incorporación, y aquella primera salida, «ad experimentum» fue limitada y con distintivos que diferenciaran a penitentes de uno y otro sexo, unidos bajo el mismo caperuz de pana verde. Así lo recogían también las páginas del periódico.

La evolución de la saciedad española en las postrimerías del franquismo volvería también a tener su traslado a la Semana Santa, de nuevo a través de la creación de cofradías, especialmente el Espíritu Santo y la Buena Muerte en 1975, impulsadas por jóvenes, que completan la estampa tenebrista de las noches zamoranas, tan distinta y tan imitada en otras ciudades próximas. Años antes, en el extra de 1962, una colaboración de Dionisio Alba mencionaba a las «cofradías de la Semana Santa Zamorana que no llegaron a constituirse». Y entre ellas menciona el antecedente de las Siete Palabras y de la Buena Muerte.

Con la llegada de la democracia las asambleas de las hermandades se vuelven mucho más participativas en un trasvase del lenguaje democrático que comienza a generalizarse en la calle. Los cambios van más allá de la estética, se profundiza en el sentimiento de arraigo que identifica la Semana Santa de la capital y resurge la participación con una nota de diferencia: los cargadores dejan de ser hermanos de segunda categoría y se convierten en protagonistas tras los años de escasez que obligó a poner a rudas a muchos de los grupos escultóricos.

La declaración de fiesta de Interés Turístico Internacional en 1985 inicia otra era de esplendor que se prolongará hasta finales del XX. Al cabo de más de un siglo, la Semana Santa parece haber logrado el objetivo tramado a principios del siglo XX por Ursicino Álvarez. Llueven las subvenciones a cuyo amparo se acometen nuevas mesas, grupos escultóricos y la polémica comienza a asomarse en medio del aparente esplendor.

La crisis económica aguardaba a la vuelta de la esquina: la Semana Santa zamorana se sumerge en una profunda crisis económica, mientras su categoría internacional, que tanto costó alcanzar, es ahora compartida también por otra media docena de celebraciones solo en Castilla y León.

La incorporación de la mujer, si bien se ha ido logrando de forma paulatina incluso en cofradías tradicionales, es otra de las asignaturas pendientes para establecer el modelo de la Semana Santa del siglo XXI. Una mujer, Isabel García Prieto, preside, por primera vez, la Junta de Cofradías, pero ese símbolo, destacado por el obispo Gregorio Martínez en la asamblea anual de 2017 no se corresponde del todo con la realidad. Y existen otros retos para el futuro a fin de asegurar lo que hoy es, sin duda, una seña de identidad incluso para aquellos que no participan directamente de una tradición capaz de movilizar a decenas de miles de zamoranos durante una parte del año y que aporta un sustancioso porcentaje al PIB del comercio local.

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