01 de febrero de 2017
01.02.2017
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Al grano

Días turbios (y negros)

Ahora más que nunca necesitamos una Iglesia valiente, la que no se calla

02.02.2017 | 01:05
Días turbios (y negros)

La vida es un camino que siempre acaba antes de llegar a la meta. El recorrido existencial cruza por campos verdes, zonas boscosas, desiertos, quiñones de colza y pozos negros, también pozos negros. Ahora, los que vivaqueamos por aquí, en esta provincia crisálida, estamos pasando por un pantano oscuro, donde cuesta caminar sin que los pies acaben enfangados y pegados a la mierda.

La condición humana es insondable. Somos, cada uno, pequeños universos que se rigen por leyes no escritas, que cada cual interpreta a su manera dentro de un marco global que procura la convivencia bajo unas premisas más o menos aceptadas por todos. Somos herencia genética, química, agua, mal y bien, el alma retorcida, que vamos aplicando con cuentagotas y en dosis que determina nuestra personalidad.

Hechos como los que acabamos de conocer gracias a la condición periodística -la que nunca debe morir- de nuestra compañera -y amiga- Irene revuelven las tripas y ponen al ser humano a los pies de los caballos. Es imposible entender que haya hombres que puedan arañar hasta ese punto a la humanidad en su conjunto. Más difícil de comprender es como un colectivo, una institución calla durante años y tapa con una manta lo que rezuma podredumbre.

Nadie pone en duda de que existen dos Iglesias. Una, la que ayuda, instruye con el bien por bandera, cuida a los desfavorecidos y alienta a los que necesitan apoyo. Y otra, la que oscurece, tapa y mira para otro lado con tal de mantener una estructura que solo tiene sentido cuando cumple la función primera. La segunda tiene que ser desterrada porque siembra males e involución. Para eso se necesita un cambio de rumbo y mucha claridad, mucha luz que ilumine el pantano oscuro. Y valentía.

A quienes nos beneficiamos de la primera, de la Iglesia que educó a varias generaciones de niños pobres en unos valores universales, inmutables y positivos, nos cuesta aún más digerir lo que ocurrió en esa misma época, en dormitorios sombríos donde pululaban sacerdotes con la misma supuesta fe que los que nos enseñaban a nosotros latín, matemáticas o inglés. Resulta incomprensible y doloroso imaginar esas escenas turbias, asquerosas, donde el poder con mayúsculas se ejerció rompiendo todas las leyes humanas y divinas. Valentía, por Dios; necesitamos una Iglesia sana.

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